21.7.17

“Un asesino no merece tributos estatales”: campaña en Argentina cuestiona el legado del Che Guevara


 El día de ayer la revista The Economist cuestionó el legado del Che Guevara por medio de la exposición de una campaña llevada adelante por oriundos de su ciudad natal, Rosario. Se trata del think-tank liberal Fundación Bases. Está previsto que en octubre se rinda homenaje a los 50 años del asesinato de este líder socialista, cuya imagen se ha convertido en un logo insigne. En contraposición, la fundación surgida en Rosario busca que sean removidos los monumentos de este personaje tan admirado como odiado.

 En la ciudad de Rosario está marcada con una bandera roja el elegante -y nada humilde- bloque de apartamentos donde nació Guevara. Una estatua de bronce de cuatro metros de altura (13 pies) se encuentra en la Plaza Che Guevara. El ayuntamiento financia CELChe, un centro dedicado al estudio de su vida, y celebra la “Semana del Che” alrededor de su cumpleaños en junio. CELChe presentará un concierto para conmemorar el 50 aniversario de su muerte el próximo 9 de octubre.

 No todos en Rosario piensan que el socialista, capturado por soldados en Bolivia y asesinado por órdenes del dictador proamericano del país, merece tal reverencia. Fundación Bases, un grupo de reflexión liberal con sede en la ciudad, ha lanzado una petición para persuadir a la intendencia que retire los monumentos. “El mártir fue un asesino”, dice Franco Martín López, director ejecutivo del instituto. Guevara fue el segundo al mando de Fidel Castro, cuya revolución cubana mató a más de 10.000 personas. “Nadie aquí tiene idea de las masacres cometidas durante la revolución”, lamenta López.

 Bajo el lema “un asesino no merece tributos estatales”, la Fundación Bases lleva adelante su campaña en varias redes sociales, entre ellas YouTube. Ahí el narrador lee la nota suicida acusatoria de Reinaldo Arenas, un novelista homosexual que murió en 1990 después de sufrir décadas de persecución por parte del gobierno cubano tanto por su preferencia sexual como por su disidencia.

 Recordemos que fue el propio Che quien dijo “el trabajo os hará hombres” en alusión a los campos de labor forzada donde los homosexuales cubanos debían “masculinizarse” por medio de tareas forzosas. Bases remarca que Ernesto “El Che” Guevara fue un asesino y lo muestran con sus propias palabras ante la Asamblea General de la ONU en 1964, donde -en representación de Cuba- anunció:


 Menciona el artículo que es poco probable que persuada al consejo, que ha sido controlado por el Partido Socialista desde 1989. Norberto Galiotti, el secretario del Partido Comunista de Rosario, considera la campaña de la fundación como parte de un esfuerzo pernicioso para borrar al Che de la historia. Sin embargo, el presidente de la nación, que es de centro, Mauricio Macri, después de que asumiera el cargo en 2015, le quitó un retrato del Che colgado en el palacio presidencial por su predecesora populista, Cristina Fernández de Kirchner.

 Galiotti sospecha que los liberales tienen envidia del carisma póstumo del Che. “No ves a muchos niños caminando con las camisetas Margaret Thatcher”, observa.

 La fundación no espera realmente que los monumentos se bajen, “El verdadero objetivo es crear conciencia sobre el tema e iniciar un debate”. Pero algunos de los aficionados del Che no están interesados en el diálogo. Fundación Bases abandonó los planes de mostrar los videos en pantallas en Rosario porque la firma de publicidad que los operaba estaba “preocupada de que la gente los destruyera”, dice López.

 Al respecto, desde PanAm Post contactamos al presidente de la Fundación Bases, Federico Fernández. Respondió a las siguientes preguntas:

¿Cómo crees que influiría sobre la cultura local que se sepan las atrocidades cometidas por el Che?

 El Ché es la última figura presentable que tienen la izquierda dura y el comunismo. No hay logros que puedan mostrar de ninguno de los gobiernos comunistas, salvo gigantescos osarios y sistemas carcelarios. La figura de Ché escapa en parte de la crítica generalizada a la criminalidad del comunismo. Al Ché se lo vende como un romántico que murió peleando por sus ideales. Han ido tan lejos que hasta lo comparan con Jesucristo.

 Desmontar la falsa mitología que rodea a la figura de Guevara y mostrar su verdadero rostro, el de un asesino y criminal, pondría en crisis lo que el mito Ché intenta sostener. Y lo que intenta sostener es la idea de que el comunismo es una ideología de valientes que quieren defender a los más débiles. Mostrar al Ché como en realidad era, esto es, un adicto a la violencia que describía con gran detalle el acto de fusilar a una persona, deja en evidencia también la criminalidad del sistema de ideas que Guevara quería instaurar.

¿Crees que la visión que se tiene tanto del Che como de los ideales socialistas que sostenía son en parte por la falta de visibilidad de sus abusos?

 Absolutamente. Y desde siempre, el comunismo ha encontrado aliados dispuestos a silenciar sus horrendos crímenes. A principios de la década del 30, Walter Duranty, un corresponsal del New York Times, escribió una serie de artículos describiendo a la Rusia soviética que son vergonzosos. Jean Paul Sartre, más adelante en el tiempo, admitiría que sencillamente mintió sobre lo que vio en la URSS. Estos son sólo dos casos de miles de mentiras para cubrir los verdaderos genocidios llevados a cabo por el comunismo donde quiera fue aplicado.

 Hay una suerte de pacto de silencio mafioso que rodea a las atrocidades comunistas. Parece que esos muertos, que se extienden de Polonia a Camboya y de Ucrania a Cuba, no cuentan. Cuando fue publicado el “Libro Negro del Comunismo”, un monumental estudio de sus crímenes alrededor del mundo, muchos se escandalizaron de la comparación del comunismo con el nazismo. Incluso llegaron a decir que mientras el nazismo mataba por odio, el comunismo lo hacía “por amor”. Un verdadero disparate.

¿Qué quieren lograr con esta campaña?

 Desde hace unos quince años en la ciudad de Rosario comenzó una suerte de culto a Guevara muy enfermizo. Nos parece que la figura del Ché no merece homenajes, mucho menos cuando ellos son estatales. No sólo es un despilfarro del dinero de los que pagan impuestos. También simbólicamente resulta pésimo que desde el estado se glorifique a un homicida.

 Por tanto, lo que queremos es que los monumentos en espacios públicos sean retirados. También que los organismos municipales como el Centro de Estudios Latinoamericanos Ernesto Guevara (CEL Che) sean cerrados. Esperamos que el Consejo Deliberante rosarino tenga el coraje de adoptar estas medidas.

 Finalmente, sobre todo con el trabajo de difusión en redes sociales, queremos conscientizar, sobre todo a los chicos jóvenes. Queremos que sepan que cuando usan una remera con la cara del Ché están promoviendo a un asesino.

✒ Mamela Fiallo | PanamPost | Martes 18 de julio de 2017.
https://es.panampost.com/mamela-fiallo/2017/07/21/asesino-no-merece-tributos-estatales/

Mamela Fiallo Flor traduce al inglés en el PanAm Post. Es profesora universitaria, traductora, intérprete y cofundadora del Partido Libertario Cubano - José Martí e integrante del Área de Estudios Políticos de la Fundación LIBRE.

20.7.17

Challenging the cult of Che Guevara


A liberal think-tank in his home town wants monuments to the revolutionary icon taken down

 CHE GUEVARA was born in Rosario, then Argentina’s second-largest city, in 1928 but did not stay long. Less than a year later his family moved away. Yet his birthplace has not forgotten the left’s warrior-saint. A red banner marks the posh apartment block where he was born. A four-metre-high (13-foot) bronze statue stands in Che Guevara Square. The city council finances CELChe, a centre devoted to the study of his life, and celebrates “Che week” around his birthday in June. CELChe will stage a concert to commemorate the 50th anniversary of his death on October 9th.

 Not everyone in Rosario thinks the bereted revolutionary, who was captured by soldiers in Bolivia and killed on the orders of the country’s pro-American dictator, deserves such reverence. Fundación Bases, a liberal think-tank based in the city, has launched a petition to persuade the city council to remove the monuments. The martyr was himself a killer, says Franco Martín López, the institute’s director. Guevara was second-in-command to Fidel Castro, whose Cuban revolution killed more than 10,000 people. “No one here has any idea about the massacres committed during the revolution,” Mr López laments.

 Under the motto “a murderer doesn’t deserve state tributes”, Mr López’s foundation has produced videos to educate Argentines, and rosarinos in particular. One shows a clip of Guevara promising to “continue the firing squads for as long as necessary” in a speech to the UN General Assembly in 1964. In another, a narrator reads out the accusatory suicide note of Reinaldo Arenas, a gay novelist who died in 1990 after suffering decades of persecution by Cuba’s government. Mr López is looking for a sympathetic councillor to present the petition on the anniversary of Guevara’s death. More than 3,000 people have signed it since its launch on May 2nd.

 It is unlikely to persuade the council, which has been controlled by the Socialist Party since 1989. Norberto Galiotti, the cigar-smoking secretary of Rosario’s Communist Party, regards the foundation’s campaign as a part of a pernicious effort to erase Che from history, led by the country’s centre-right president, Mauricio Macri. After he took office in 2015 he removed a portrait of Che hung in the presidential palace by his populist predecessor, Cristina Fernández de Kirchner. Mr Galiotti suspects liberals are envious of Che’s posthumous charisma. “You don’t see many kids walking around with Margaret Thatcher T-shirts,” he observes.

 Mr López does not expect the monuments to come down. “The real objective is to raise awareness of the issue and start a debate,” he says. But some of Che’s fans are not interested in dialogue. Fundación Bases dropped plans to show the videos on screens in Rosario because the advertising firm that operated them was “worried people would smash them”, says Mr López. Che would have been pleased.

✒ The Economist | Jueves 20 de julio de 2017.

18.7.17

La extraña posición de los restos de San Martín

 Su cuerpo fue embalsamado y transitó por cuatro iglesias antes de llegar, en 1880, a la Catedral Metropolitana de Buenos Aires; Yapeyú y Mendoza reclaman los restos del Padre de la Patria


 Desde su muerte, en agosto de 1850, y durante once años, el cuerpo embalsamado de José de San Martín descansó en una de las capillas de Notre-Dame de Boulogne. En 1861, cuando los Balcarce San Martín se mudaron a Brunoy, en las afueras de París, la hija del prócer resolvió llevar con ellos el féretro de su padre para que fuera ubicado en la bóveda de la familia. Y comenzó a plantearse el tema del traslado de los restos a la Argentina, cumpliendo con la voluntad póstuma del militar, ya que en su testamento había expresado: "Desearía que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires".

 El 25 de febrero de 1878, centenario del nacimiento del prócer, se realizó un tedeum en la Catedral porteña que concluyó con la colocación de la piedra fundamental del mausoleo donde descansarían los restos, encargado al escultor francés Auguste Carrier Belleuse. Avellaneda, Mitre, Quintana y el obispo Aneiros, entre otros, participaron del acto simbólico colocando mezcla en la obra con una cuchara de plata.

 El 21 de abril de 1880, el ataúd fue transportado de Brunoy a París (35 kilómetros), donde se lo cargó en un tren especial rumbo al puerto de El Havre. Una vez en la ciudad portuaria, lo depositaron en forma transitoria en la Catedral, antes de embarcarlo en el Villarino, un buque de guerra que había sido encargado a un astillero británico.

 El Villarino soltó amarras el 22 de abril y arribó a Montevideo el 20 de mayo. Fue recibido con una salva de 21 cañonazos. Una carroza tirada por seis caballos llevó el féretro a la Catedral, cubierto por las banderas de Uruguay, Chile, Perú y la Argentina. Cuando partió por la tarde, la banda militar uruguaya ejecutó el Himno Nacional Argentino, mientras que desde el Villarino, los músicos argentinos interpretaron la canción patria de Uruguay.

 Durante una semana, el buque se mantuvo en la costa de Catalinas (en esa época, la playa llegaba hasta lo que es hoy la plaza Fuera Aérea, vecina de la estación Retiro), escoltado por decenas de buques de la Armada. El 28 de mayo tuvo lugar la ceremonia principal. Los integrantes de la Comisión de Repatriación colocaron la bandera del Ejército de los Andes sobre el ataúd, más dos coronas: una con palmas de Yapeyú (ciudad natal del prócer) y otra con gajos de pino de San Lorenzo (bautismo de fuego de los Granaderos a Caballo). El cajón, depositado en un bote fúnebre, fue desembarcado en las costas de Retiro. La bienvenida estuvo a cargo del ex presidente Sarmiento.



 Cargado de flores que le lanzaban, el féretro fue escoltado hasta el monumento del Libertador, en Plaza San Martín. Luego de un emocionante discurso del presidente Avellaneda, el cajón fue colocado en una carroza fúnebre (réplica de la que transportó el cuerpo de Wellington a la Catedral de Londres en 1852). El cortejo marchó por la calle Florida hasta la Plaza de Mayo y el ataúd fue depositado en la nave central de la Catedral Metropolitana.

 El pueblo le rindió tributo durante veinticuatro horas. Al día siguiente, a las dos de la tarde, se lo ubicó en el mausoleo. Suele decirse que los restos de San Martín yacen en el exterior del perímetro de la Catedral, en una capilla construida afuera de la nave central, porque era masón; dando a entender que la Iglesia no aceptaba que descansara bajo su custodia. Raro comentario, si se tiene en cuenta que los despojos del Libertador estuvieron en Notre-Dame de Boulogne, la iglesia parroquial de Brunoy y las catedrales de El Havre, Montevideo y Buenos Aires. Sí, en cambio, resulta curioso la forma en que ha quedado dispuesto el ataúd.

 El tamaño del cajón era grande para el espacio asignado en el mausoleo. Por ese motivo, el féretro que contiene el cuerpo embalsamado del prócer, y que hoy reclaman las ciudades de Yapeyú y Mendoza, fue colocado en forma inclinada, de la manera que la vemos en la ilustración que fue publicada por el Instituto Nacional Sanmartiniano en 1947. Así se mantiene desde el 29 de mayo de 1880.

✒ Daniel Balmaceda | La nación | Martes 18 de julio de 2017.

20.6.17

20 de junio, el Día de la Bandera: cómo nació el feriado en memoria de Manuel Belgrano


 Entre 1816 y 1938 no existió un feriado oficial para conmemorar la insignia patria. Su nacimiento fue a partir de un acto de desagravio.

 Hasta 1938 no existió oficialmente ninguna fecha en el calendario argentino para conmemorar a la insignia patria y la vida y obra del Gral. Manuel Belgrano. La historia de cómo se llegó a este día es poco conocida.

 El 1 de mayo de 1938 dos grupos de ciudadanos extranjeros chocaron en el centro porteño en medio de una disputa política en vísperas de la Guerra Civil española. Ambos bandos portaban el pabellón nacional

 Diez hombres de la época pensaron la Bandera fue utilizada en "un conflicto ajeno a la soberanía nacional" por lo cual propusieron un acto de desagravio. Estos fueron: Luis Agote Robertson (hijo del doctor Luis Agote), Gervasio y Daniel Videla Dorna, Raúl y Alfredo Etcheverry, Ricardo Alberti (el dueño de casa), Luis María Ferraro, Ramón Oscar Castilla, Carlos Rojas Torres y Jorge Seré.

 El grupo de porteños convocó a una manifestación en Ecuador 1250 (entre Charcas y Masilla, en la Ciudad de Buenos Aires) y portaron una bandera nacional de 15 metros de largo, que luego donaron a la Municipalidad de Buenos Aires. El Intendente, Mariano de Vedia y Mitre, dispuso izarla en la Plaza de la República (junto al recién terminado Obeslisco) el siguiente 20 de junio, en memoria del fallecimiento del Gral. Manuel Belgrano. Al siguiente año, se repitió el homenaje en la Plaza de Mayo.

 La Bandera Nacional fue adoptada oficialmente como insignia de la República Argentina el 20 de julio de 1816 por el Congreso de Tucumán.

 Luego de dos años de intenso debate, el 9 de junio de 1938 fue sancionado por ley (12.361) el feriado hoy conocido como Día de la Bandera. Ante de su sanción hubo dos interesantes apostillas durante el debate parlamentario en el Senado:

1. El senador conservador Guillermo Rothe se opuso vehementemente a que la fecha conmemorativa sea un feriado dado que consideraba que "sería recargar el calendario de festividades, habiendo ya otros dos días destinados a celebraciones patrias". Él proponía que se utilizara siempre el tercer domingo de junio.

2. Por otra parte, otro de los ejes de la polémica era si el feriado debía ser nacional (aplicable para todo el territorio) o no.

Por casi seis década la ley no tuvo modificaciones. Recién en 1996, el presidente Carlos Menem firmó un decreto trasladando el feriado al tercer lunes de junio para favorecer al turismo.

 Este año, el Poder Ejecutivo Nacional firmó un decreto que lo convirtió en inamovible.

✒ Clarín | Martes 20 de junio de 2017.
https://www.clarin.com/sociedad/20-junio-dia-bandera-nacio-feriado-memoria-manuel-belgrano_0_ryaVM3HmZ.html

14.6.17

Malvinas: Los recuerdos de guerra de un subteniente que luchó junto a 47 heroicos soldados en la sangrienta batalla final

El hoy coronel Esteban Vilgré La Madrid -que tenía 21 años en 1982-rinde homenaje a sus hombres: “Fui su jefe, pero de ellos aprendí humildad, y hasta qué punto dieron con alegría su vida por la Patria”

 Entra al estudio de Infobae con su uniforme de coronel del Ejército Argentino. De impecable uniforme, "porque es mi segunda piel", dice. O acaso la primera, pienso, después de oír su narración de la guerra de Malvinas. Porque a lo largo de la entrevista ha repetido con énfasis: "Nací soldado, siempre quise ser soldado, y nunca dejaré de serlo". No por influencia familiar: su padre es profesor de historia y trabajó en Tribunales: un civil en estado puro.

 Lo presento: Esteban Vilgré La Madrid, 56 años, y además de hombre de armas, ex rugbier (wing forward de Olivos). Dato no menor. El rugby como deporte, táctica y estrategia… estará en el campo de batalla.

 Cuando estalló Malvinas, en apariencia, corrió con ventaja: a sus 21 años ya estaba en el Colegio Militar, y pisó esas soledades de turba, frío y llovizna al mando de 47 hombres como subteniente. Es decir, bautismo de fuego prematuro, y como jefe…

 La entrevista transcurre en el mediodía del 12 de junio, a dos días y 35 años de la caída de Puerto Argentino. De la derrota.

El subteniente Esteban La Madrid, 21 años, en el Monte Dos 
Hermanas poco antes de partir en una patrulla
–Coronel, en la guerra hay dos fechas límite: el primer y el ultimo día.

–Sin duda.

–Quiero –necesito– que recuerde ese ultimo día. No por estadística: porque para entonces ya estaba escrita la bitácora del heroísmo, más allá del resultado.

–En realidad, ese último día, ese 14 de junio, empezó dos días antes en el combate del monte Dos Hermanas contra el comando 45 de los Royal Marines. Era el preludio del final, pero también el de muchas historias heroicas…

–¿Cuál era su estado de ánimo, y el de sus hombres?

–Teníamos confianza en que podíamos ganar… Pero no fue así en el combate de Monte Longdon contra los paracaidistas británicos…

La comunión con el padre Martínez Torrens, en Moody Brooke.
–Fue cuerpo a cuerpo…

–Ese tipo de combate define muy bien qué es la infantería: uno puede ver la cara del que viene a matarlo… y solo Dios es ayuda y testigo.

–¿Una imagen de ese combate?

–El soldado Guanes, paraguayo, que murió rezándole a la virgen de Caacupé. Llegamos a la base agotados y derrotados. Puerto Argentino ya había caído. Pero alguien nos ordenó esperar al enemigo, y seguimos luchando…

–Como dice la famosa fórmula, "hasta más allá del deber"…

–Allí se vio el temple del soldado argentino, y también el del británico, que para mí es el mejor del mundo. Esa misión nos evocó la batalla de las Termópilas (Nota: Segunda Guerra Médica, 480 Antes de Cristo, Esparta y Atenas contra el imperio persa). Esos 300 espartanos que prefirieron la muerte a la deshonra.

–¿En qué sentido fue comparable, salvando las distancias?

–Éramos apenas 60 u 80 hombres, y los británicos nos atacaron con toda su potencia de fuego: ametralladoras, morteros, cañones, y fuego desde fragatas en apoyo. Allí murió el soldado Bandini, que no quiso replegarse…

–¿Cómo pudo resistir ese 14 de junio, con ya todo perdido?

–Me ayudó el honor de los soldados argentinos. Lejos de volver a Puerto Argentino, nos ingeniamos robando comida (en la guerra todo vale…), y nos preparamos para combatir. Ese episodio me enseñó mucho para la vida…

–¿Por qué?

–Puerto Argentino estaba todo iluminado. El buque Bahía Paraíso (de transporte, carga y rompehielos) estaba todo iluminado. En las calles, gente caminando. Pero nosotros, mirando hacia el lado británico… El suelo temblaba. Pasaban ráfagas de ametralladora. Debíamos buscar al enemigo para un último combate. Teníamos las caras tiznadas. El cielo era cruzado por bengalas. Era el principio del fin…, pero también mi comienzo real como persona. Un nuevo bautismo.

Junto a parte de sus soldados, en la posición de bloqueo de Monte 
Challenger, a fines de mayo.
–Usted, a diferencia de sus soldados, ya estaba en la carrera militar. ¿Eso le daba superioridad, ventaja sobre esos muchachos?

–Yo era estudiante de cuarto año: todavía no había egresado como oficial. ¿Superioridad? ¡No! Fue al revés. Mis soldados tenían una excelente preparación: un año y medio de instrucción, y cuarenta intensos días en La Pampa. Vi sus caras y comprendí que me costaría mucho ganar su confianza, demostrarles que yo era el jefe.

–¿Cómo lo logró?

–Ganándoselos con humildad y ejemplo. Nadie se queda esperando una bala si tiene un jefe que lo maltrata. Me enseñaron muchísimo. Pude conducir y mandar en igualdad de condiciones. Fuimos 47 más uno…

–Hace un rato mencionó la palabra "muerte". De 47, solo perdió siete. Desde la estadística, y considerando la diferencia de fuerzas, una buena tarea. Pero, ¿qué siente un jefe ante la muerte de un soldado? ¿Cómo se asume?

–Le cuento un momento específico: Monte Longdon. Los británicos nos tiraban con todo. Separé dos ametralladoras, armas de apoyo. Teníamos que economizar munición, ser muy cuidadosos al disparar. El buen artillero tira ráfagas cortas y precisas. El malo, ráfagas largas e imprecisas. Vi una bola de fuego: ¡un cohete enemigo! Nos agachamos, pero Juan Horisberger no puede porque estaba cambiando el caño de su arma, y recibe una ráfaga en el pecho. Le largo una puteada y le digo ¡levantáte!, pero un compañero me dice "el soldado Horisberger está muerto". Lo miré y me miró. Todavía tenía la ametralladora en la mano, agarrada por la culata. Estaba muriendo. Corrimos, y otros cayeron…

Las carpas de la sección del subteniente Esteban La Madrid y el sector 
como reserva helitransportada en Moody Brooke (se ve al fondo ex 
cuartel de los Royal Marines).
–Vuelvo a la pregunta: ¿qué se siente?

–Es más desesperante la situación de los heridos que la de los muertos. Recuerdo que un soldado, comiendo Mantecol, me dijo frente a un muerto: "Qué suerte tuvo este tipo; para él, la guerra se terminó". Lo peor es la herida grave, morir desangrado. Por eso hay una oración que dice: "Pon calidad en mi corazón para que mi tiro sea certero, para que no sufra".

–En la vida civil, el equivalente a pasar del sueño a la muerte sin darse cuenta…

–Es así, sin duda.

–Volvamos al 14 de junio, coronel…

–El combate terminaba. Después de pasar por una barrera de fuego vimos las primeras casas de Puerto Argentino. El soldado Echave, de Lobos, muy jodón, me dice "Me quedé sin munición". Le contesto: "Ni loco te doy la mía. Quedáte atrás a ver si enganchás algo". Insiste: "Entonces déme su pistola, y si me tengo que morir me llevo un Yoni (por Johnny) conmigo". De pronto llega otra ráfaga, y hay que tirarse al piso, replegarse… Yo estaba sesenta metros más cerca de Puerto Argentino que él. Echave cae. ¿Qué hacer con los muertos en ese caso? Taparlos, ponerlos al costado del camino, y seguir. Y de pronto, un suceso extraordinario…

–Dígame…

–Ya en Puerto Argentino, con alto el fuego, sabiendo que arriba del cerro tal vez había soldados muertos o heridos, en una casa kelper abandonada, el soldado Britos me dice "saquémonos una foto. Me queda rollo en la cámara". Yo estaba golpeado, con los codos y las rodillas hinchados, no podía levantarme, y le dije: "¡Estás loco, una foto! Acabamos de perder la guerra. Nos dieron una paliza. Soy un mal jefe". Y él me para: "Mi subteniente, pelamos bien. Fue un gran combate, ¡merecemos esa foto!". Y sonrió con la cabeza levantada. Toda una lección… Alguien, en silencio, nos dio un vaso de agua.

–¿Algo más sobre ese día?

–Nos refugiamos en un viejo bunker de la segunda guerra. Me sentía un gran perdedor, un gran derrotado. Estaba detrás de una columna, iluminado por una vela de grasa de oveja. El subteniente Arroyo pasó lista. Sentí vergüenza. Un grupo se me acercó. Pensé: "Me van a pegar, por mal jefe". Se me acercó el cabo Fernández. Me paré. Y me dijo: "Subteniente… ¡feliz cumpleaños!". Era el 15 de junio. En efecto, mi cumpleaños. Y yo no me acordaba. Lloré amargamente por primera vez, y también por última.

“Esta imagen la tomó el fotógrafo Eduardo Rotondo. 
Yo estaba entrando a Puerto Argentino, el 14 de junio
 al mediodía…   detrás venían el Sargento Echeverría
 y el soldado Disciulo”.
–Leí que se lavaba y tomaba agua constantemente. ¿Por qué?

–Tenía miedo de que me mataran, y que mi madre recibiera mi cuerpo sucio. Hice eso, me vestí con mi mejor uniforme, y con turba me pinté un bigote antes de sacarme una foto, para que mi madre pensara que bromeaba…

–¿Qué significó para usted el rugby en la guerra?

–Templanza, fortaleza, lealtad… Y también estrategia y acción. Créase o no, en muchos de los combates actuamos con tácticas de rugby.

–¿Cómo fue la relación con su familia durante la guerra?

–Cerca del final, un helicóptero me trajo una carta de mi padre. Me decía "se acercan tiempos difíciles, cuidáte y cuidá a tus hombres, ¡viva la Patria!". Pero después supe que antes de mi llegada le dijo a mi hermana: "Es tan chiquito para morir".

“En Puerto Argentino cuando nos desplazábamos al lugar de reunión de 
prisioneros, cantando la canción del infante”.
.
En adelante, el coronel libra otras batallas.
 
 La primera: dirigir un centro de recuperación de ex combatientes golpeados por el estrés postraumático.

 La segunda, exaltar el valor y la capacidad del soldado argentino: "Sin contar la Segunda Guerra Mundial, en las Malvinas los británicos tuvieron la mayor cantidad de bajas por día que en toda su historia".

 La tercera, luchar por la verdad. "Fuimos despreciados, olvidados y calumniados por mucha gente, por películas y por libros. Pero yo no necesito ver esas películas ni leer esos libros para saber la verdad".

 La cuarta, recordar con orgullo que los británicos, en las misiones de Irak y la ex Yugoslavia, lo eligieron por su capacidad en la guerra de Malvinas, "a pesar de que en nuestro propio país nos acorralaron durante años con sueldos miserables. Yo trabajé muchos años de noche… para poder seguir siendo soldado. Para morir por la Patria si fuera necesario".

“En el Regimiento 6 de Mercedes,  el día en que regresamos de la guerra
 junto a dos camaradas. Nuestras familias fueron a recibirnos. Lo recuerdo
 con mucha emoción”.
 Y por fin recuerda el libro "No Picnic", del inglés Julian Thompson: la historia de la actuación de la 3a. Brigada de Comandos de la Infantería Británica en la guerra de las Malvinas 1982… con elogios a la tropa argentina, y hasta la conjetura de que con algo de suerte… el resultado pudo ser otro.

 En el final, Thompson dice: "El pueblo inglés lo entendió: ¿lo entenderá el pueblo argentino?".

✒ Alfredo Serra | Infobae | Martes 14 de junio de 2017.
http://www.infobae.com/sociedad/2017/06/14/malvinas-los-recuerdos-de-guerra-de-un-subteniente-que-lucho-junto-a-47-heroicos-soldados-en-la-sangrienta-batalla-final/

Dos conscriptos del BIM 5 detienen el avance británico

Malvinas: la épica historia de los conscriptos que detuvieron durante horas el avance británico

La rendición llegó el 14 de junio a las nueve de la noche. 
Los soldados  combatieron hasta el minuto final entre 
bombardeos constantes de la  flota británica.

 El monte Tumbledown fue el último punto estratégico defendido por los argentinos antes de la derrota en la Guerra de Malvinas. El combate que lleva su nombre, entre la noche del 13 de junio y las primeras horas del día siguiente, en 1982, depara historias inesperadas. Una de ellas, la de un grupo de soldados de servicios de la cuarta sección de la compañía Nácar, que sin ningún tipo de experiencia militar, detuvieron durante tres horas el avance británico.

 Un grupo de soldados de servicios del Batallón de Infantería de Marina Número 5 de Río Grande cambió sus elementos de limpieza por fusiles y sus escobas y carritos por granadas, y resistieron los embates del Segundo Batallón de la Guardia Escocesa, solos, al oeste del monte, en la primera línea de fuego. Recién cuando llegó la luz del día dimensionaron la crudeza del combate. Los muertos y heridos daban cuenta de ello. Muchos británicos han definido a esa batalla en la que se peleó casi cuerpo a cuerpo como el mismísimo infierno, el peor de los lugares, la más oscura pesadilla.

 De todo lo que se ha escrito en el Reino Unido y Argentina, casi nada rescata el valor de los soldados de servicios, que no eran otra cosa que civiles cumpliendo una carga pública, el servicio militar obligatorio. Sólo son mencionados en algunos libros que hablan de otros héroes.

 Habían recibido sólo 45 días de instrucción militar. Barrían el BIM 5, lo mantenían limpio, juntaban los "puchos" del piso, y lo hacían bien, tanto, que el jefe de servicios, el suboficial Julio Saturnino Castillo, tras encomendarles que lo pinten, les dio una semana de franco. Volvieron a sus casas. Fue la última vez que algunos de ellos vieron a sus familias.

BIM 5, el batallón de Infantería que se llenó de gloria.
El suboficial Castillo era un infante de marina destinado a servicios del BIM 5 por una diferencia con un oficial. Sus hombres rescatan su figura como la de un hombre que supo sacar lo mejor de ellos.

 Cuando se desató la guerra, Castillo reunió a sus hombres. "¿Quién quiere ir a Malvinas?", les preguntó. Todos dieron un paso al frente. José Luis Galarza, Héctor Cerles, Ricardo Fernández, Jorge del Valle Palavecino, Juan Carlos González, Pablo Rodríguez, Ricardo Sánchez , Félix Aguirre, Carlos Villa, Carlos Ibalos, Juan Carlos Gonzáles y Daniel Zacarías llegaron a Tumbledown al mando del suboficial Julio Castillo y el cabo Amílcar Tejada. Ninguno de ellos tenía chapas o medallas identificatorias, por lo que les pidieron que llevaran sus cédulas militares y las tuvieran siempre encima.

 Se ubicaron en el oeste del monte, en un espacio de 200 metros de largo por 50 de ancho, apoyados por algunos soldados de Ejército, que se ubicaron más atrás, en otras posiciones. Pero en su lugar, en ese extremo oeste de Tumbledown, estaban solos. Por allí los atacaron la noche del 13 de junio. Quedaron entre el fuego enemigo y el de la retaguardia.

 Daniel Zacarías tenía 19 años cuando fue a la guerra. "Todos teníamos el mismo sueño: queríamos volver a nuestras casas y tomar un mate cocido con tortas fritas. Nos pensábamos con nuestros hermanos y deseábamos volver por un futuro. Pero también pensábamos en lo que habíamos dejado en la casita del grupo móvil, que era el lugar donde estábamos los de servicios en el BIM 5: el queso, el fiambre, los cigarrillos. Al volver a nuestras casas, todo fue distinto a como lo soñamos. Los sueños se fueron y salió a la luz ese animal que llevamos adentro y que estaba herido", rememora a la distancia. Cada soldado es una guerra, una historia, una vivencia, un regreso más o menos amargo. El de Zacarías tiene sus peculiaridades.

 El 20 de mayo, Zacarías no estaba de guardia en Tumbledown, por lo que decidió dormir. Jura y perjura que lo despertaron tres veces, pero que al abrir los ojos, no encontraba a nadie. Cuando se despabiló por completo, recuerda que empezó a sentir olor a rosas y otras flores con un perfume intenso. Llamó a su compañero Carlos Villa y le preguntó si no olía lo mismo. Le contestó que no. Se angustió. Ese sentimiento lo acompañó hasta el final de la guerra. También empezó a sentir que alguien lo acompañaba. Tiempo después le daría un cierre a esa historia. Pero todavía faltaba el combate. En dos oportunidades los estallidos fueron cercanos a su posición. "Siempre digo que hubo milagros en Tumbledown. El grupo de Castillo, los que quedamos entre dos fuegos, pudimos morir todos y a la mayoría no nos pasó nada", evalúa a la distancia.

 Zacarías fue finalmente herido en la cabeza por el roce de una bala. Salía mucha sangre. Eso no impidió que ayudara a un soldado del Ejército cuyo nombre no recuerda y que también estaba herido. Lo dejó a resguardo junto a su compañero Pablo Rodríguez, que había sido herido al principio de la batalla. Los abrigó y los tapó con una carpa.

Escudo del Batallón de Infantería de Marina Nº 5.
 Todavía no entiende cómo hizo para arrastrarse por las rocas con la herida en la cabeza y volver a su posición. Lo que vino después fue lo peor del combate, el avance británico. Cree que por cada seis, siete tiros que disparaba, le devolvían cincuenta. "Tiraban con todo", sintetiza.

 En algún momento dejó de escuchar a Castillo, que murió en el combate. Y finalmente se rindió junto a su compañero Carlos Villa, con quien fueron tomados prisioneros. La guerra había terminado con una derrota. Zacarías volvió a Puerto Madryn en el Camberra, el 19 de junio de 1982. Ese día empezó otra guerra.

 Desde Puerto Madryn llamó a su hermana al lugar donde trabajaba en Resistencia, Chaco, pero ella no lo quiso atender, porque su familia había recibido un informe que lo daba por muerto. Llamó a su padre a la ferretería donde él trabajaba desde que tenía 14 años, porque sabía que su madre siempre iba a atenderlo allí. Pero el que levantó el teléfono fue su papá. Le dijo, sin pelos en la lengua, que él no era su hijo, que su hijo había muerto. Llorando, Zacarías le preguntó por su madre. No le dijeron la verdad.

 "En Puerto Madryn lloré, lloré y lloré en un hueco para que nadie me viera. No sabía a cuál de mis diez hermanos podía llamar. Cuando volví al BIM en Río Grande me enteré, porque pregunté, que mi madre había muerto", recuerda. Había sido el 20 de mayo, el mismo día que sintió que alguien lo despertaba, que recuerda un fuerte olor a flores.

 Los tres días siguientes desapareció del batallón. "¿Qué hice? Lloré, como estoy llorando ahora", cuenta entre lágrimas.

 Volvió a su Chaco natal. Tuvo varios trabajos. Sus hermanos le recuerdan que por aquellos días salía a correr en las noches alrededor de la casa y que gritaba. Ellos lo miraban en silencio. Él no se acuerda.

 La historia de Daniel Zacarías es la de un sobreviviente que nunca pudo atender su estrés postraumático, porque debió ocuparse de su padre y de sus hermanos, que a la vez fueron su apoyo. Durante 20 años no habló de la guerra, hasta que alguien le dijo que en Tumbledown, en ese lado oeste del monte, los británicos creían haberse enfrentado a un grupo comando.

 "Ese día sentí un golpe como el de esa noche en la que murió mi madre. Nosotros no éramos comandos y fuimos parte de la primera línea. Ese día Malvinas volvió a mi cabeza y empecé a recordar todo", comenta.


 El balance personal es negativo. "La guerra no me dejó nada. Perdí camaradas, a mi madre, y tuve que hacer de tripas, corazón; y decidir con qué problema me quedaba, si con la guerra o el drama de mi familia. Decidí ocuparme de mi familia", reflexiona.

 De los "Valientes de Servicios" murieron en el combate, además de Castillo, los soldados José Luis Galarza, Félix Aguirre y Héctor Cerles. Juan Carlos González falleció un día antes en una patrulla a la que llamaron "Chocolate", porque habían salido a buscar comida.

 De los sobrevivientes, sólo algunos fueron condecorados. Todos son un ejemplo de coraje. Jóvenes de 19 y 20 años, sin instrucción militar, llenos de sueños rotos. A Daniel Zacarías, en tanto, no le resulta fácil contar su historia. Remover las cenizas de la guerra y la muerte es lo más doloroso en la posguerra. Pero eso hace de él un ejemplo de superación.


✒ Alicia Panero | Infobae | Martes 14 de junio de 2017.
http://www.infobae.com/politica/2017/06/14/malvinas-la-epica-historia-de-los-conscriptos-que-detuvieron-durante-horas-el-avance-britanico/

La batalla en la que los francotiradores argentinos desafiaron el sueño imperialista de la ‘Pérfida Inglaterra’

 El 14 de junio de 1982 Argentina capituló oficialmente ante Gran Bretaña y reconoció su soberanía sobre las Islas Malvinas. La Junta Militar que regía el país lo hizo después de que las tropas inglesas conquistaran la capital, Puerto Argentino

 La toma de la ciudad se sucedió después de que el ejército argentino fuese derrotado en contiendas como la del monte Longdon. Una lid en la que los paracaidistas británicos pagaron un alto precio por la victoria



 Un 14 de junio. Tal día como hoy, aunque en 1982. Esa fue la fecha en la que Argentina capituló ante el Reino Unido y, tras una guerra que duró poco más de dos meses, abandonó las islas Malvinas. El enfrentamiento, breve en el calendario, marcó sin embargo un antes y un después en la historia colonial británica. Y es que, los militares enviados por Margaret Thatcher se enfrentaron a un enemigo que, aunque carecía de una formación equiparable a la suya, exprimió hasta la extenuación el valor en batallas como la de monte Longdon.

 En esta lid unos pocos soldados y francotiradores argentinos lograron detener durante doce horas el avance de una de las unidades de élite «british» más reputada: los paracaidistas ingleses. Conscriptos sin formación, jóvenes de 18 años... Todos ellos plantaron cara (e hicieron sudar sangre) a unos soldados que se habían curtido contra enemigos tan temibles como el IRA. Sin embargo, tras la capitulación de Argentina fueron olvidados por un país deseoso de desterrar de la memoria aquella derrota. Así fue hasta la década de los noventa, cuando empezaron a alzar la voz y se reivindicaron como veteranos de guerra.

 A su reconocimiento ayudaron, a partir de entonces, varias campañas de sensibilización y largometrajes como «1533 Km. hasta casa. Los Héroes de Miramar». Un documental galardonado a nivel internacional y que, rodado por el director de cine Laureano Clavero, recuerda la vida de ocho veteranos «antes, durante y después de la contienda». Tal y como explica a ABC el también fundador de la productora MIRASUD PRODUCCIONES, se embarcó en este trabajo allá por 2010 para evitar que las historias de estos personajes cayeran en el olvido. «Una sociedad que no reconoce a los compatriotas que fueron a pelear por su país, aunque sea en un contexto de dictadura, tiene un problema», afirma.

Un conflicto latente

 Las Malvinas (o las Falklands, como las denominan los británicos) son, en la práctica, un conjunto de pequeñas islas ubicadas a 480 kilómetros de la Argentina continental y a 12.000 de Gran Bretaña que también incluyen las Orcadas y las Shetlands del Sur. Tan solo dos de ellas –las más grandes- logran hacerse un hueco en la mente colectiva: la «Soledad» y la «Gran Malvina». El resto, al menos en Europa, han caído bajo el oscuro velo de la indiferencia que provoca la lejanía. Sin embargo, su soberanía (ejercida desde el XIX por el Reino Unido) ha causado a lo largo de la historia una extensa lista de enfrentamientos entre ingleses y argentinos. No en vano, en 1965 la resolución 2065 de la ONU confirmó que este era un «territorio en disputa» y llamó a las dos partes a llegar a un acuerdo político.

 Informe para arriba, documento para abajo, las hojas del calendario fueron cayendo sin que se hallara ninguna solución diplomática al conflicto. Y así siguió hasta 1982. Año en el que la Junta Militar argentina (dictadura, en términos profanos) esgrimió la soberanía de las Malvinas para, bajo la cálida sombra del orgullo patrio, esquivar problemas sociales como las desapariciones masivas, la inflación o el hartazgo popular. Con ese caldo de cultivo solo hubo que esperar a que un incidente prendiera la mecha del conflicto. Y este se sucedió el 19 de marzo, cuando una cuarentena de obreros enviados por el empresario Constantino Davidoff desembarcó en una isla cercana a las Malvinas (previa autorización inglesa) con objetivos comerciales y empresariales.

 En la popular obra «Malvinas. La trama secreta», los autores afirman que el grupo izó la bandera de Argentina en dicha isla. Un hecho que fue tomado por las bravas por los ingleses.


 A las pocas horas la «Royal Navy» envió un buque para obligar a los trabajadores a marcharse. Acción que, a su vez, contrarrestó el país latinoamericano movilizando a varias unidades militares. Así dio comienzo el conflicto. Un enfrentamiento que, a pesar de extenderse poco más de 70 días, acabó con la vida de un millar de personas y provocó decenas de miles de bajas.

 Los movimientos de tropas se materializaron finalmente el 2 de abril cuando (según se narra en el libro «Las grandes batallas de la historia» -editado por History Channel-) unos 70 infantes de marina argentinos y «100 integrantes de las fuerzas especiales» doblegaron a los Royal Marines ingleses que protegían las Malvinas.

 La primera ministra del Reino Unido Margaret Thatcher (que se había ganado a pulso el apodo de «Dama de Hierro» por su peculiar forma de hacer política) no titubeó. A pesar de la distancia, movilizó a más de un centenar de buques de guerra (entre barcos militares, de transporte y submarinos) y casi 30.000 infantes. Su declaración ante la Cámara de los Comunes fue clara: «Un territorio de soberanía británica ha sido invadido por una potencia extranjera. El gobierno ha decidido enviar a una gran fuerza expedicionaria tan pronto como todos los preparativos estén completados». Sus palabras resonaron como un trueno.
Mar y aire

 Solo cuatro días después, el General de Brigada Mario Benjamín Menéndez asumió el gobierno de las Malvinas e inició la construcción de las defensas para resistir el alud inglés que se le venía encima.

 En pocos jornadas posicionó en las Malvinas a más de 10.000 combatientes dispuestos a enfrentarse a los británicos. La mayoría, eso sí, conscriptos: soldados reclutados a toda prisa entre la población para engrosar las filas del ejército. Así lo señala el autor Fernando A. Iglesias en su obra «La cuestión de Malvinas». Bruno Tondin, en su libro «Islas Malvinas, su historia, la guerra y la economía, y los aspectos jurídicos su vinculación con el derecho humanitario», tilda a estos combatientes de «jóvenes sin preparación», aunque también de «valientes» que no dudaron en enfrentarse a los ingleses en nombre de su país.

 En mayo llegó la avanzadilla británica a las Malvinas. Y lo hizo sabiendo que debía asegurar el espacio aéreo si quería llevar a cabo un desembarco anfibio de forma segura. Para su desgracia, Reino Unido solo contaba con los cazas y bombarderos que podía desplazar en sus dos portaviones (unos 34), mientras que los argentinos sumaban más de un centenar de aparatos. Por entonces todavía se respiraba en el ambiente cierta calma, pues sobre la mesa no había una declaración oficial de guerra.


 Pero esa tranquilidad duró poco. Concretamente, hasta el 2 de mayo. En esa aciaga jornada, los británicos hundieron el crucero argentino «General Belgrano» al considerar que estaba llevando a cabo una serie de movimientos militares con intención de atacar a sus portaaviones. El ataque causó la muerte de 323 argentinos. Así definió la situación Rudulfo Hendrickse (destinado en el navío): «Había multitud de hombres heridos. La mayoría se había quemado. Había hombres cubiertos de aceite. Cuando llegué al bote salvavidas le dije a un marinero que viniese conmigo a buscar a algunos desaparecidos, como el comandante».

 La Junta Militar respondió tomando los cielos. A pesar de que los Harrier «british» dieron más de un quebradero de cabeza a sus enemigos, el enfrentamiento se saldó, para empezar, con la destrucción del «HMS Sheffield» a principios de mayo. Fue el primer buque inglés hundido en acción de guerra tras la Segunda Guerra Mundial.

 Ya era más que oficial. La guerra había llegado a las Malvinas. Un hecho que quedó todavía más cristalino cuando, el 21 de mayo, los británicos desembarcaron en el Puerto de San Carlos (al noroeste de la isla Soledad) inutilizando o derribando hasta 12 aviones y 3 helicópteros enemigos. Una vez en tierra, las tropas «british» se dispusieron a recorrer a pie los 80 kilómetros que separaban la cabeza de playa del premio final: Puerto Argentino (la capital de la resistencia).
Hacia Monte Longdon

 En las semanas siguientes los británicos comenzaron su lento pero inexorable avance hasta Puerto Argentino. Lo hicieron a base de fusil y experiencia militar. La misma que escaseaba entre unos defensores que, por otro lado, rebosaban sentimiento patrio y valor.

 Posición tras posición, los ingleses superaron a los latinoamericanos hasta lograr ubicarse a principios de junio a poco más de una veintena de kilómetros de la capital. Sin embargo, en su camino hacia la victoria se interponían varias unidades acantonadas en ubicaciones como el monte Harriet o el Dos Hermanas. De todas ellas, no obstante, la más destacable era la del monte Longdon, una de las últimas elevaciones antes de llegar al corazón de la resistencia y, por tanto, clave en la defensa. Si los británicos lograban dominar este terreno, tendrían a tiro su objetivo final.

 Lo que no sabían es que aquella conquista les iba a costar sangre y sudor. Y eso a pesar de que el monte Longdon estaba defendido únicamente (y según afirma Pablo Camogli en su libro «Batallas de Malvinas») por una sola compañía reforzada. Un total de 278 hombres (la mayoría conscriptos) pertenecientes a las siguientes unidades: el Séptimo Regimiento de Infantería, la Primera Sección de la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10 y una sección de seis ametralladoras Browning de la Infantería de Marina.


 Las condiciones de los defensores eran más que precarias ya que, además del frío (soportaron una sensación térmica de hasta -4 grados, según explicó posteriormente el inglés Nick Rose), carecían de armas decentes y vituallas. «En lo único que pensábamos era en comer. Solo consumíamos sopa que, realmente, era más agua que caldo. Un par de veces nos dieron chicle», señalaba el soldado Luis Lecesse en el reportaje «Viaje al infierno. Batalla del Monte Longdon».

 Para enfrentarse a estas tropas, los ingleses enviaron al 3er Regimiento de Paracaidistas (o 3 PARA). Una unidad que, según explica en un dossier sobre la batalla Eduardo C. Gerding (militar y antiguo Jefe de la División Prestacional de la Subgerencia de Veteranos de Guerra), «constituye un cuerpo de élite hermético e intensamente competitivo». «Su rol como unidad de asalto frontal se ve reflejada a través de un arduo y prolongado proceso de selección que elimina a todos los postulantes excepto a los mas dedicados y agresivos», añade. Estos hombres estaban reforzados, a su vez, por seis piezas de artillería de 105 mm.

 A pesar de que la ventaja de los ingleses era, en principio, de poco más del doble, Camogli señala que la realidad era bien diferente: «Una sola compañía reforzada (278 hombres) tuvo que enfrentarse a todo un batallón (de casi 600 efectivos). La proporción inicial a favor de los británicos era de 2 a 1, pero si extendemos el análisis al poder de combate relativo, la proporción se ampliaba a 5 a 1».
La mina que inició la batalla

 El ataque comenzó en la noche del 11 de junio. Aproximadamente a las 20:01 (según explica Camogli), los ingleses avanzaron sobre la ladera del monte Longdon. Su objetivo era conquistar la cima avanzado sin ser vistos hasta las posiciones argentinas. Una vez allí, destrozarían sus líneas defensivas a quemarropa. Sencillo sobre el papel, pero más que complejo en realidad.

 En mitad de la oscuridad, la compañía A del 3 PARA avanzó por el norte, la compañía B lo hizo por el oeste, y la compañía C quedó en reserva.

 El paracaidista inglés Mark Eyle Thomas definió así el plan: «Se esperaba que la moral argentina y su resistencia fuese débil. Nos aseguraron que no habría campos minados. Los 3 PARA atacarían a pie […] Para contribuir al factor sorpresa el ataque sería silencioso. Cubierto por la oscuridad, nuestro pelotón […] avanzaría campo a través a lo largo del borde norte del monte antes de desplazarse al sur [...]. Allí uniría fuerzas con el 5to Pelotón y continuaría avanzando hacia la cima [...]. Nuestra Compañía A atacaría la cima mas pequeña».

 Apenas unos minutos después se sucedió el desastre cuando un soldado inglés entró de lleno en un campo de más de 1.500 minas que los argentinos habían instalado a los pies del monte. Sin percatarse de la trampa mortal en la que se había metido, pisó un explosivo.

 Así definió el suceso el hoy Teniente General Hew Pike -al mando de la operación-: «El avance inicial hacia el pie de la montaña fue silencioso y sin problemas, hasta que un cabo de la compañía B pisó una mina. La explosión le arrancó una pierna y el elemento sorpresa se perdió». Thomas, por su parte, explicó así el suceso: «Poco después de la medianoche avanzamos en formación escalonada. Cinco minutos después escuchamos una explosión seguida de gritos de dolor. Mi jefe de sección, el Cabo Brian Milne, había pisado una mina».
Primeros disparos

 Tal y como relata Thomas, a partir de ese momento se «desató el infierno». Desde la cima los argentinos comenzaron a disparar sus armas pesadas contra los paracaidistas de la compañía B: «El caos reinaba. Los argentinos gritaban las órdenes desde lo alto, seguido por ráfagas de armas automáticas, balas trazadoras y explosiones». Por si el nutrido fuego de fusilería fuese poco, los defensores dirigieron contra el 3 PARA una letal ametralladora de calibre 50 ideada, en palabras del inglés, para abatir aviones en pleno vuelo. La compañía B se vio detenida en seco.

 Mientras sus compañeros sufrían un torrente de cartuchos, la compañía A (ubicada en el flanco izquierdo) logró avanzar y superar la primera línea de defensa argentina. Posteriormente, la unidad se lanzó de bruces contra las posiciones enemigas ubicadas en el flanco derecho de los defensores, las cuales conquistó tras duros combates.

 En medio de aquel caos, los dos bandos lanzaron bengalas para iluminar el campo de batalla y distinguir a sus enemigos en la lejanía. Pero ya era tarde, pues la compañía A ya había entrado en lid a bayoneta calada.
Un feroz ataque... detenido

 Mientras la compañía A avanzaba, la compañía B se vio obligada a cargar contra las ametralladoras pesadas argentinas. Thomas definió así el asalto, que se llevó a cabo también a bayoneta: «Los hombres estaban detrás de mí y a mi izquierda, sus bayonetas brillando bajo la luna. […] Todos esperando la orden de atacar. En la Primera Guerra Mundial se dio la orden de ataque por el sonido de un silbato, con lo cual los chicos se lanzaban contra el enemigo. Más de 60 años más tarde estábamos haciendo básicamente lo mismo pero sin el silbato. "¡Carga!" Pasamos la cresta y corrimos hacia el enemigo. Disparaba mi arma y no pensaba en nada. Sin dudas, sin miedo, como un robot. Seguimos como imparables, sin inmutarnos por las grandes armas».

 El ataque logró desalojar a los argentinos. Sin embargo, el 3 PARA no pudo continuar su avance debido a dos contrincantes inesperados. El primero fueron las baterías de artillería que, de improviso, empezaron a apoyar desde la lejanía a los defensores. El segundo fue mucho más determinante: el continuo fuego de los francotiradores. Combatientes entrenados que hicieron buen uso de los escasos visores nocturnos que habían puesto a su disposición los mandos.


 Tanto Camogli como Gerding hacen hincapié en el papel de estos militares. El último, de hecho, se deshace en elogios hacia ellos: «La totalidad de una compañía británica fue detenida durante horas por la acción de uno solo de estos francotiradores. Dentro los pocos francotiradores conocidos se encuentra el Cabo de Infantería de Marina Carlos Rafael Colemil».

 Animado por el fuego aliado, los argentinos trataron de recuperar las posiciones perdidas, sin lograrlo.
La compañía A

 Paralelamente, la compañía A continuó su avance hasta toparse con una línea defensiva formada por una sección de infantería que le paró los pies. Esa pequeña victoria dio un respiro a los argentinos, quienes se hallaban desbordados en todos los frentes. En un intento de restablecer las líneas, los oficiales ordenaron a las reservas de ingenieros cargar contra los paracaidistas para evitar la debacle. El plan funcionó a medias. Aunque estos hombres no lograron recuperar las pociones perdidas, sí detuvieron al enemigo.

 En las siguientes dos horas las balas surcaron los cielos y los francotiradores no alejaron el dedo del gatillo. Así lo explicó uno de los soldados argentinos presentes en la contienda, Alberto Ramos: «Esto es un infierno. Hay ingleses por todos lados y me cuesta identificar si los proyectiles que caen son los de nuestra artillería que nos apoya o de la artillería inglesa que los apoya a ellos».

 La contienda se estancó para la compañía A. Mientras, la compañía B se lanzó una y otra vez contra las posiciones defensivas argentinas, aunque fue detenida por el fuego de las ametralladoras y de los letales tiradores de élite. «En cada nueva carga, caían dos o tres soldados por el efectivo fuego de los francotiradores. Ante esa situación solicitaron fuego de apoyo a la artillería, la que respondió con rapidez y precisión logrando que sus hombres se reacomodaran en el terreno», completa Camogli.

A la conquista del monte

 A las cinco de la mañana, tras múltiples horas de contienda, el sol comenzó a alzarse sobre el monte Longdon. Por desgracia, lo que sus rayos iluminaron fue un campo de muerte. Para entonces, la insistencia de los paracaidistas había acabado con la resistencia. Casi sin munición y con la defensa desbaratada, los mandos argentinos dieron la orden de retirada a eso de las seis y media. Aunque eso sí, sabiendo que habían resistido durante casi medio día a la élite de las tropas inglesas.

 Hasta las 9 los paracaidistas ingleses no aseguraron el campo de batalla. Al final, lo hicieron a punta de bayoneta mediante una ofensiva que acabó con los escasos defensores que todavía había en el campo.



 «En esta carga final se registraron, según la denuncia efectuada por los veteranos de guerra argentinos, que fue confirmada en 1991 por Vincent Bramley -ametralladorista del PARA 3-, numerosos casos de fusilamientos de prisioneros y heridos argentinos. Bramley cita unos diez casos, pero es factible que hayan sido más», añade Camogli. Aquellos que ofrecieron resistencia fueron sacados de los búnkers y ejecutados a bayonetazos.

 Así explica los momentos finales de la contienda Russell Phillips en su libro «Un asunto muy reñido. Una breve historia sobre el conflicto de las Malvinas»: «La dura batalla resultante duró doce horas. El comandante británico del Comando 3, el Brigadier Julian Thompson, se acercó con la orden de retirada. Sin embargo, al final, con apoyo de fuego de artillería y fuego naval del arma de 4.5" del HMS Avenger , los británicos tomaron la montaña. Las pérdidas británicas ascendieron a 18 muertos y 40 heridos, mientras que las argentinas fueron 31 muertos, 120 heridos y 50 tomados prisioneros. Se otorgaron varias condecoraciones a los paracaidistas británicos por las acciones en la batalla, incluyendo una Cruz Victoria en forma póstuma».

 Tras esta batalla se tomó la capital. La capitulación se firmó el 14 de junio.

✒ Manuel P. Villatoro | ABC | Miércoles 14 de junio de 2017.
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